jueves, 17 de mayo de 2012

El poder destructivo de la culpa

A veces a los niños se les dicen cosas sin pensar realmente en lo que se les está diciendo, sin caer en lo nocivo de las palabras que a base de oírlas tantas veces nos parecen inofensivas. Una de esas frases, que causa estragos y que debería evitarse a toda costa, pero sin embargo se dice constantemente es: "¿Quién ha sido?"

La madre entra en la cocina y se encuentra la leche derramada por el suelo. Mira acusadora a sus dos hijos y exclama: "¿Quién ha sido?" En el colegio el profesor entra en el aula y se encuentra en la pizarra dibujada una caricatura de sí mismo que no le hace ninguna gracia. Hecho una furia mira a los alumnos, que se están partiendo de risa, y grita: "¿Quién ha sido?"

Ante un ataque así, la reacción de los niños es siempre la misma: acusar al prójimo o callar. Rara vez aparece un valiente que diga: "He sido yo." Y esto es así porque los castigos no gustan a nadie, y en ese quién ha sido va ímplicito un castigo que dice: el responsable de esto va a cargar con las consecuencias de sus actos. En el caso de los alumnos en el aula se crea de repente un silencio sepulcral. Los que saben quién ha sido no delatarán a su compañero y su solidaridad se verá compensada con un castigo colectivo.

Los niños pequeños que están acostumbrados a que sus padres, profesores o mentores busquen a los culpables de un mal comportamiento adquieren el hábito de informar a los adultos cuando otro niño (no ellos mismos) hacen algo que está "mal". En otras palabras, se convierten en acusadores, o chivatos. Sin embargo, si ellos mismos hacen algo que saben que no gustará a un adulto, jamás asumirán la culpa, sino que esconderán el hecho. Si el adulto pregunta quién ha sido, serán rápidos en contestar "yo no" o "ha sido él" o, si se ven en un callejón sin salida buscarán las mil y una excusas para escapar del castigo de la culpa.

La cuestión de la culpa es que nadie quiere tenerla. Es como una piedra incandescente que nos vamos pasando unos a otros y que nadie quiere aguantar durante más de un segundo, para no quemarse.

A los niños pequeños se les culpa mucho y muy injustamente y luego se pasan la vida intentando quitarse la culpa de encima y haciendo responsables a otras personas de sus propios actos o circunstancias. Una vez más, los niños hacen lo que ven: a ellos se les acusa, pues ellos acusan.

Mi propuesta de hoy para padres y mentores es que eliminen esa frase de su habla cotidiana. No importa quién haya sido. Lo que importa es que una acción ha llevado a una situación que requiere una solución. En el caso de la leche derramada en la cocina, la madre puede decir: "Veo que se ha caído la leche. Habrá que limpiarla." Sin haber acusado a nadie, lo fácil es que el niño al que se le haya caído la leche coja un trapo él mismo y la limpie. Si no lo hace, la madre puede sacar el trapo del cajón y dejarlo entre los dos niños y seguro que el responsable tomará el trapo y limpiará la leche. En el caso del profesor enfadado al ver su caricatura en la pizarra, este podría decir: "No me gusta nada este dibujo de mí en la pizarra. Me parece irrespetuoso y me ofende. Voy a salir del aula y cuando regrese dentro de cinco minutos espero que la pizarra esté limpia." El responsable (o algún compañero leal) limpiará la pizarra y nadie se sentirá acusado o con necesidad de acusar.

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